Entrevista con Paulo Alvarado, noviembre de 2009
1. ¿Cuándo escribiste tu primer artículo y de qué se trató?
Comencé a publicar artículos regularmente en noviembre de 1991, en un suplemento de prensa que se llamaba Espacio Libre. El primer artículo que escribí se intituló Correr Riesgos y trataba sobre el “riesgo” de apoyar a quienes hacen música en nuestro país… un tema recurrente en mis publicaciones.
2. ¿Con qué compositor o estilo de música te identificas personalmente y por qué?
Me identifico con varios compositores. En el extremo de lo académico, con el que más afinidad tengo es con Alban Berg; en el extremo de lo masivo, con Peter Gabriel. Ninguno de los dos es el más famoso de su generación ni es necesariamente fácil de escuchar. Sin embargo, ambos poseen la virtud de ser ellos mismos. Además, su obra es provocadora y original, sin que por ello dejen de reflejar y re-trabajar sus respectivas influencias – un logro nada despreciable en un mundo de imitadores y de esnobismos. Pero igual admiro y disfruto a Brahms, a Hindemith, a Steve Reich, a Chico Buarque, o a un Tomás Pascual y sus sencillos villancicos de fines del siglo XVI en Huehuetenango…
Aunque mi apostolado es el de la música contemporánea, y con sus diversos estilos es con lo que más me identifico, nunca he escuchado ningún estilo musical que no tenga sus propias joyas.
3. ¿Cuál es tu visión de la música académica en la actualidad?
La música que damos en llamar “académica” es el resultado de 400 años de evolución. A partir de distintos momentos históricos en que se consolidan las maneras de hacer música en Europa, aquello que primariamente tenía una función extra-musical (como el culto, la guerra, la danza o, lo más usual, la parranda) se va convirtiendo en objeto de estudio para el músico, y de ahí lo “académico”. El jazz, por ejemplo, también se ha vuelto una música académica (a diferencia del rock), aunque pocos lo clasifiquen de ese modo. ¿Qué sucede, entonces, hoy día? Por un lado, tenés a los que quieren privilegiar lo escolástico a toda costa y se engendran músicos tiesos y pusilánimes como los “University composers”. Por el otro, tenés a los que rechazan todo lo que suene a disciplina, rigor y conocimiento de la tradición, so pretexto de que lo académico es caduco, que va de salida, que ya no es época de sonatas para violín y piano…
A pesar de los que despotrican contra ella, la música erudita (por llamarla de otro modo) sigue, y logrará sobrevivir sobre la siempre creciente ola del mercantilismo y de lo que “tiene que dejar ganancias a como dé lugar”. Pienso que es cuestión de valorar lo extraordinario que tiene esta música, antigua o reciente, y disfrutar haciéndola y escuchándola.
4. ¿Qué estilo de música, a tu criterio, no entra en lo académico, y cuál debería de entrar y por qué?
Como lo indicaba antes, cualquier música que se ponga como asignatura en una escuela se puede terminar catalogando como académica. No importa si son bailes renacentistas de taberna, ragas hindúes, o jazz norteamericano de los años setenta, aquello no surge espontáneamente “en la calle” como una necesidad para la fiesta y la celebración, sino en la corrección y la pulcritud del aula. Por lo tanto, a mi criterio, no se trata de prescribir qué debería entrar o no entrar en la academia. Lo que brinda la academia son determinadas herramientas para elaborar una determinada música.
5. ¿Cuàl ha sido la mejor orquesta que has escuchado en vivo y por qué te impactó tanto?
Si entendemos “orquesta” como una sinfónica, probablemente haya sido la Sinfónica Nacional de Washington, dirigida en 1990 por Rostropovich. Esperabas, claro, que la sección de bronces elevara al máximo la sonoridad del grupo; pero cuando el maestro le pidió aún más a la cuerda, ésta se creció aún más que el resto de la orquesta. El primer clarinete era magnífico y el timbalista tenía un tino y una sensibilidad de primera línea. Ahora bien, en cuanto a orquestas de cámara, tuve ocasión de oír hace años a una pequeña sección de cuerdas de la Filarmónica de Berlín, en el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias. Eran apenas diez músicos, con un solo chelo y un solo contrabajo, pero tocaban con una excelencia y una intensidad apabullante, y su capacidad sonora llenaba perfectamente la sala de 2 mil personas (sin ningún refuerzo electrónico, por supuesto). Estos dos son ejemplos de una entrega completa al arte.
6. ¿Cómo has visto que se desarrolle la ópera y zarzuela en Guatemala en la última década?
A raíz del descalabro perpetrado en Guatemala desde 1954, lo más que había hasta hace una docena de años eran “galas” de ópera, interpretadas por cantantes no siempre muy afortunados. La ópera en este país resucitó, pálidamente, con unas representaciones de Traviata en 1997, pero no es sino hasta en los últimos tres o cuatro que ha conocido un gran auge en cuanto a patrocinadores y posibilidades de producción. Las orquestas que se han armado de ocasión han sonado bien. Ya despunta alguna que otra cantante joven, y varios detalles de escenografía, movimiento y utilería se han resuelto lucidamente. Lo que no camina son los coros. Además, falta harto para que contemos con verdaderas voces en los roles principales; no hay una escuela de bel canto que sea de gran nivel. Tampoco hay un director de orquesta guatemalteco preparado para la tarea de dirigir ópera.
7. ¿Qué pensàs del Conservatorio Nacional de Música de Guatemala?
El nombre lo dice: “conservar” la música. Como toda escuela de música con un enfoque tradicionalista, lo que se enseña no se sale de un marco estrecho – en este caso, las obras aceptadas del Clasicismo y del Romanticismo europeos. De una parte, existe una enorme incomprensión de la música anterior a 1750 y se usa sólo como ejercicio para la música “de verdad”, que según esa visión, no incluye al Barroco, al Renacimiento ni al Medioevo. De la otra parte, hay un pavor frente a la música del siglo XX, no digamos la música de autores guatemaltecos, la música electrónica y las músicas populares. Todo esto sólo se aborda tangencialmente –si acaso– como producto de esfuerzos aislados de algún maestro o de ciertos alumnos inquietos. Para remate, desde que esta institución quedó a merced del Ministerio de Cultura y Deportes a mediados de los ochentas, también se ha visto arrastrada por la inanición financiera y administrativa que caracteriza al MCD. No es suficiente plantear cambios en el currículum cada tantos años, pintar el edificio y aceptar donaciones japonesas de instrumentos. Es necesario reorientar totalmente el sentido de la educación musical y pagar puntualmente salarios dignos de maestros profesionales de música, a fin de poderles exigir un compromiso con las pedagogías más avanzadas y niveles de excelencia. En este momento, el sector público le paga diez veces más a un empleado de un parqueo que a un docente del Conservatorio, sin que aquél haga otra cosa que recibir tickets y sin que sepa nada de arte.
8. ¿Qué pensàs, que el Conservatorio y la Sinfónica siempre resulten divorciados y a qué se debe?
No estoy tan seguro que siempre estén o hayan estado divorciados. Después de todo, la OSN tiene largos años de ocupar espacios administrativos, archivísticos y de bodega que pertenecen al edificio del Conservatorio; ensaya en su auditorio; la mayoría de sus integrantes han estudiado allí; esos mismos integrantes terminan como profesores del Conservatorio; varios de ellos han sido sus directores… en fin. El divorcio al que te referís no es sino una manifestación más, del divorcio que hay en todos los ámbitos de la vida nacional, en política, economía, educación, salud, arte y cultura. En este sentido, la OSN es un destino lógico para un graduado del Conservatorio; pero, de la misma manera que éste no puede acceder a la Sinfónica hasta que quede una plaza vacante, ya instalado tampoco le cede su lugar a otro que toque mejor.
9. ¿Qué es lo mejor y lo peor que tiene la OSN de Guatemala?
La OSN tiene una vocación histórica como el conjunto sinfónico más importante del país. Es una agrupación musical llamada a contribuir una música de primer nivel al imaginario guatemalteco, en todos sus aspectos. Por eso es importante que el Estado reconozca tal cosa y transforme su situación de miseria (financiera, física, laboral, de difusión y de capacitación) para posibilitar que sus integrantes puedan vivir bien de su trabajo como músicos profesionales. Ninguna empresa (o grupo de empresas) de la iniciativa privada tienen la capacidad de acometer permanentemente esta tarea.
Lamentablemente, lo peor que tiene es haber caído, de muchos años atrás, en un anquilosamiento del que muchos de sus integrantes no quieren salir, porque les ofrece una triste sinecura: un horario cómodo y corto, pocos compromisos por temporada, poca exigencia artística, sin un director permanente, sin un repertorio que los desafíe constantemente, sin exámenes anuales para mantener su plaza, sin tan siquiera un calendario de actividades bien detallado y anticipado.
10. Hablànos de tu preparación profesional como especialista en la crítica de la música.
No tengo un título académico en Ciencias de la Comunicación y en todos estos años sólo he asistido a un par de encuentros internacionales de periodismo cultural. No voy a ocultar que me he ido haciendo en el camino, a prueba y error, con grandes satisfacciones y grandes desencantos. Incluso se me ha cuestionado que yo sea músico y crítico de música al mismo tiempo. Sin embargo, podríamos preguntar, ¿en dónde se puede formar un crítico de arte en Guatemala? Hasta mediados de los noventas, ni los propios directores y editores de prensa guatemaltecos eran graduados universitarios. Peor todavía, los pocos que se meten a “críticos de música” ni siquiera se han dedicado a la música, no la conocen por dentro y no saben (cuando menos empíricamente) de qué se trata. En otras palabras, no generan una crítica especializada, sino opiniones, más cercanas a la conjetura de sobremesa que a una labor periodística responsable. En mi caso, yo me he atrevido a llevar una columna semanal sobre música y temas afines, porque fui invitado por un medio de comunicación; porque tengo la constancia para investigar y publicar con regularidad mi trabajo (voy para 900 artículos en 18 años); porque me encanta compartir mi experiencia y mi cosmovisión con tantísimos lectores en uno de los diarios de mayor circulación; y, bueno… porque soy músico activo, porque tengo conocimiento de causa en un arte que he practicado continuamente desde hace cuatro décadas, en muchas de sus expresiones – orquestal, de cámara, la canción, la electrónica, rock, bandas sonoras para cine, teatro y danza.
11.¿Qué parámetros utilizas para evaluar la calidad de un concierto?
Un primer criterio es asistir a todos los eventos posibles: no sólo de un tipo de música; no sólo conciertos; no sólo actividades de mis amigos y mis colegas; no sólo con mi “ghetto”. Parafraseando a un sabio guatemalteco, hago mía la idea de que “el músico que sólo de música sabe, ni de música sabe…”
Un segundo criterio es asistir sin ideas preconcebidas sobre lo que voy a presenciar. Aunque es obvio que todos tenemos prejuicios, preferencias y expectativas, es importante escuchar lo que suena, no lo que imaginamos que suena.
Un tercer criterio se puede formular así: visión crítica, pero con capacidad de asombro. Esto es fácil de decir pero difícil de aplicar, debido a que implica nunca aceptar las cosas sólo porque sí, porque me lo dijo no sé quién, porque así salió en Wikipedia, porque no me dio tiempo averiguar mejor… y, a la vez, nunca perder la capacidad de quedarme con la boca abierta, si eso es lo que me provoca el evento.
Dicho de otro modo, el mejor criterio es ser honesto y ser responsable a la hora de transmitir mi apreciación al público.
12. Personalmente te digo que tenès un oído muy fino, y te aconsejo que nunca dudes del criterio de tu oído, pero cuando “generalizas”, por ejemplo, y descalificàs: LOS VIENTOS o LAS CUERDAS, ¿lo haces para no herir susceptibilidades y para el “que se tome el guante, que se lo plante” o tenès otras razones?
Supongo que aludís a situaciones en los que se ha presentado la Sinfónica Nacional y la afinación ha dejado qué desear. Ocurre que discernir quién se está equivocando entre 12 instrumentos de viento que tocan a la vez, o en un registro completo de violines, es complejo, aún para un oído entrenado. Por tanto, “generalizar” resulta buena forma de señalar un defecto sin perderme en preciosismos. Adicionalmente, la responsabilidad, en última instancia, recae sobre el director. Si digo que “los cornos” no cumplieron en tal o cual pasaje, esto no debe interesar únicamente a cada uno de los cuatro cornos (porque toda su sección se ve afectada), sino también al que dirige la orquesta y permite que se salga al escenario sin templar adecuadamente todos los instrumentos.
13. Si la OSN de Guatemala te invitara a DIRIGIR un concierto, ¿aceptarías?
No. Aunque sé qué es lo que hay que hacer subido en el podio, yo soy compositor, productor musical y violonchelista, no director de orquesta. Preferiría mil veces que se me invitara a contribuir frecuentemente obras de mi creación y que la OSN se tomara el trabajo de presentarlas regularmente en cada temporada (y no solamente en estrenos de “primera y última vez”), con la disposición y la disciplina necesarias para que sonaran realmente bien. No es cuestión de plata ni de compadrazgos, es cuestión de interés en una música que no sea la misma de siempre.
14. En tu trayectoria como periodista, ¿qué nos podès decir, cómo han evolucionado tus artículos, o sea que si por ejemplo comparàs un artículo antiguo a uno reciente, en qué has evolucionado?
Mis artículos se han vuelo más sintéticos. Esto se debe, en parte, a que los espacios en los diarios son amplios cuando se trata de documentar el fracaso de la selección nacional de fútbol y los patrocinadores pagan cuantiosa plata por asociar su imagen con la repetitiva imagen de los perdedores (que todo mundo va a ver, como sabemos), pero son reducidos cuando los textos involucran al lector, lo hacen pensar y no están dirigidos al consumo. No obstante, también se debe a que procuro no darle un tratamiento lírico a mis textos y, por lo tanto, no hace falta abundar en superficialidades. Si se aprovecha bien, el ejercicio de síntesis le enseña al periodista a escribir sobre lo fundamental y a hacerlo de manera fluida. Agregado a eso, me he permitido una serie de procedimientos que muchos críticos nunca emplean en sus columnas: entrevista, cuento corto, crónica, formatos experimentales, juegos de temporalidad y escribir en primera persona (anatema incluso para columnistas que utilizan la tercera persona con el fin de hablar de sí mismos, sin asumir la responsabilidad de lo subjetivo).
15. ¿Algo en particular que querràs expresar?
Un agradecimiento por tu interés en publicar mi forma de ver las cosas. Aprecio el esfuerzo y la ventana que le abrís a la difusión de estas ideas. Buena onda.
Paulo Alvarado, 11 de noviembre de 2009.